lunes, 3 de noviembre de 2014

Osa Johnson: estrella y aventurera

Cuando Florence Baker murió en 1916, Osa Johnson tenía veintidós años y viajaba rumbo a Borneo en compañía de su esposo, Martin. Era su primer viaje juntos y durante veinte años siguieron recorriendo África en busca de las mejores imágenes. Fueron una pareja poco convencional, su pasión aventurera les llevó a remotos rincones que la indómita Ida Pfeiffer ya había recorrido en el siglo xix. Nada les detenía ni los cazadores de cabezas de Borneo, ni las fieras de la sabana, ni la impenetrable selva del Ituri donde habitaban los pigmeos. «La chica rubia y el apuesto explorador» hicieron soñar con sus exóticas aventuras a un público ávido de emociones fuertes. «Toda nuestra vida quisimos retener lo que todavía había de belleza, la naturaleza, los animales salvajes, nuestras imágenes serán un testimonio para cuando toda esa grandeza desaparezca», había dicho Osa. El cine mudo de Hollywood, donde entonces triunfaban Valentino y Chaplin, encontró en ellos un filón. Después y tras el éxito de las primeras películas de aventuras, llegaron las míticas Mogambo, Las minas del rey Salomón, La reina de África, Hatari y la inolvidable Memorias de África.
Osa Johnson, nacida en Kansas en 1894, era la digna heredera de las aventureras del siglo XIX. Tenía la belleza, el valor y la sangre fría de Florence Baker, y el humor, la jovialidad y el carácter algo excéntrico de Mary Kinsgley. Conoció a Martin cuando éste era un atractivo fotógrafo de cine que acababa de regresar de una temeraria aventura por los mares del Sur. Osa, que al mejor estilo de nuestras antecesoras era un torbellino romántico, sólo supo decir: «Lo que tú digas, cariño» cuando Martin le pidió en matrimonio. Tras su boda en 1910 comenzaron una vida nómada hasta el final de sus días. Primero, y como aperitivo, viajaron por el salvaje Oeste para promocionar la película que Martin había filmado en el Pacífico Sur. Ya por entonces Osa demostraba sus habilidades «artísticas» cantando sin rubor canciones hawaianas en cada proyección ante un público entregado. Hacia 1912 ya habían ganado bastante dinero como para regresar a los mares del Sur.
En julio de 1917 emprenden su expedición rumbo a las islas Salomón, las más peligrosas de aquella remota región. Martin sabe que allí habitan los cazadores de cabezas. «Una locura, decían nuestros amigos, vais a perderlo todo, hasta la camisa, repetía mi padre y mi madre estaba convencida de que moriríamos de fiebres o en una olla hervidos o, peor, que nos comerían crudos», comentó Osa antes de su partida. En su equipaje viajan cámaras de cine, miles de metros de película y un rifle por si acaso.
La finalidad del viaje era realizar un documental de las tribus que habitaban las Salomón y las Hébridas. Desde el principio Osa se revela como una magnífica y valiente ayudante, Martin dirá de ella: «Osa es el mejor amigo que ningún hombre ha tenido». Durante el viaje aprende a cazar y a pescar teniendo siempre la despensa llena. Al más puro estilo Florence, con su larga y rubia melena y su encantadora sonrisa distrae a los nativos mientras su marido los filma. Su obstinación les hace adentrarse en islas cada vez más remotas y alejadas de la civilización. Buena parte de su tiempo lo pasaron en la isla de Malekula donde los blancos que la habían visitado con anterioridad habían sido asesinados o «degustados» por los nativos. Filman imágenes de gran impacto en Tona donde habitan los temidos cazadores de cabezas. Los guerreros les animan a visitar a su jefe en el interior de la isla, ningún hombre blanco ha regresado de este territorio con vida. El jefe Niapan les intenta hacer prisioneros y consiguen escapar perseguidos por una multitud de caníbales. A su regreso el éxito de su película es enorme y en todas las pantallas de Broadway el público se estremece ante la presencia del jefe Niapan y sus sanguinarios guerreros. Los Johnson no sólo sobrevivieron a su aventura sino que años más tarde regresaron al poblado de los caníbales para mostrarles la película que habían filmado.
Su película Caníbales en los mares del Sur fue un rotundo éxito, en ella se mezclaba el humor y el peligro, que sería la marca de identidad de todas sus filmaciones. En 1920 viajan a Borneo, esta vez no para rodar tribus primitivas sino para filmar a los animales salvajes en su habitat. Los Johnson ignoran los problemas con los que van a encontrarse, la selva impenetrable, la humedad, los insectos, no les permiten obtener las imágenes soñadas. Entonces a Martin se le ocurre lo que años antes hubiera hecho Samuel Baker si se hubiera inventado el cine, filmar su propia expedición y sobre todo a su mujer que se desenvuelve con una soltura sorprendente en estas inhóspitas tierras.
Osa se convierte en la heroína de las películas de Martin, es una magnífica actriz que representa a la perfección su papel, «la bella» en el corazón del mundo salvaje; la rubia y hermosa mujer que no duda en agarrar su fusil para defenderse de las fieras. Para entonces Osa ya es una experta tiradora que cubre a su marido cuando éste filma las escenas más peligrosas. Su idea fue otro rotundo éxito, sus Aventuras en la jungla entusiasman al público y a los críticos de Nueva York.
La vida de los Johnson iba a dar un giro cuando les contrató el Museo de Historia Natural de Nueva York para emprender una expedición al corazón de África con la idea de filmar las manadas de elefantes antes de su extinción. Ya no se trataba de filmar películas divertidas y comerciales sino de hacer documentales científicos financiados por esta institución. La infatigable pareja se pone rumbo a Mombasa, después a Nairobi y descubren la grandiosa naturaleza africana donde habitan miles de animales salvajes. Organizan un safari a la antigua usanza y se ganan la confianza de los porteadores que les acompañarán a territorios inexplorados por el hombre blanco. Osa cree que por fin ha encontrado su lugar en el mundo en este «jardín del Edén» y hace frente con indudable humor a los peligros que encuentran en su camino: «Debíamos mantenernos vigilantes a cada paso, resbalar en el agua significaba caer en las mandíbulas trituradoras de un cocodrilo y la muerte inevitable. Los hipopótamos no dejaban de golpear el fondo de nuestra barca, corríamos el riesgo de caer al agua cuando la embarcación chocaba con estas peligrosas criaturas». En los siguientes meses siguen explorando el continente africano, viven al margen de la comunidad blanca de Nairobi que los considera unos imprudentes y excéntricos. Se adaptan al medio con rapidez, aprenden swahili y prefieren dormir bajo una tienda de campaña en medio de la sabana cerca de los masáis. Osa no tiene miedo, África la atrapa y se ha convertido en la compañera indispensable de Martin. Con unos medios muy precarios consiguen imágenes de una belleza espectacular que pasarán a la historia de los documentales.
En 1921 emprenden una nueva expedición en busca de un lago que al parecer se encuentra al norte de Kenia en el interior de un cráter. Al cabo de un mes descubren el lugar al que bautizan con el nombre de Paraíso. A este punto de agua acuden miles de animales a saciar su sed, entre ellos numerosas manadas de elefantes. Los Johnson, enamorados de estos paisajes vírgenes, deciden instalarse un tiempo a sus orillas. Y de nuevo Osa se encarga de todo, multiplica sus energías organizando un equipo de gente para construir una pequeña ciudad en medio de la nada. En apenas cuatro meses Paraíso parece un pequeño pueblo con casas de madera bastante confortables y con todo lo necesario para vivir cómodamente. Hay electricidad, agua, cuartos de baño, cocinas, casas para el personal, tiendas y hasta un laboratorio de revelado. Osa se encargará además de los jardines, huertas, gallineros y como siempre de tener la despensa llena cazando y pescando ella misma. El santuario natural de Paraíso será su hogar en los próximos cuatro años. Si los Burton se sintieron los «emperadores» de Damasco, los Johnson son los reyes del lago escondido.
«Tuvimos algún accidente serio con algún animal salvaje, pero nada grave, aunque a veces salvamos la vida por los pelos. Para obtener las mejores imágenes hay que filmar muy cerca de los animales salvajes más peligrosos como los rinocerontes y los elefantes, corriendo todos los riesgos, avanzando hacia ellos y casi tocándolos», confesaría Osa a su regreso de Paraíso. Por entonces esta glamorosa aventurera, mitad pionera del Lejano Oeste, mitad estrella de Hollywood, se ha convertido en una leyenda en América. La imagen de esta mujer rubia, vestida de safari, cargada con su fusil al hombro y enfrentándose a una manada de elefantes sin que le tiemble el pulso provoca admiración. Están de moda las películas de aventuras y ellos llevan a la gran pantalla el fin de una época dorada en África donde el hombre blanco medía sus fuerzas enfrentándose a las fieras.
Con la fama y un presupuesto sin límites, sus expediciones se complican, cada vez que viajan transportan toneladas de equipo y cerca de cuatrocientos porteadores. Se instalan un tiempo a vivir en Nairobi tras trece años de vida nómada y cuatro a los pies de un cráter en el lago Paraíso. Son unos años locos, los Johnson viven en la civilización pero rodeados de los animales de la selva y en su finca conviven con leopardos, elefantes y gorilas. Continúan con sus documentales de naturaleza y para relajarse aprenden a volar produciendo las primeras películas aéreas de África. «Descubrimos un mundo virgen, manadas de animales desde el aire, un mundo salvaje visto por primera vez desde el cielo.» Y así, viajando en avión y por primera vez ligeros de equipaje, recorren casi 100.000 kilómetros.
El avión les permitía la libertad de aterrizar donde quisieran, de llegar a lugares aún inexplorados, descubrir tribus prácticamente desconocidas. Deciden regresar a Borneo en avión, al territorio de donde tuvieron que huir siendo jóvenes perseguidos por los caníbales. Pasan allí cerca de dos años solos, felices, filmando la naturaleza y las costumbres de las tribus. Ahora ya se ha inventado el cine sonoro y el público escucha en primera fila el rugido de los leones, los tambores de los nativos y los aullidos de los guerreros. Hacen la mejor película de su vida. Eran dos seres felices pero sus sueños pronto se iban a desvanecer.
En 1937 Martin Johnson murió trágicamente en un accidente de aviación cuando volaba en una línea regular rumbo a San Diego para dar una conferencia. Osa tuvo que reconstruir de nuevo su vida, no estaba preparada para un golpe así. Tardó un tiempo, pero esta nieta de pioneros del Lejano Oeste sacó fuerzas para seguir viajando y explotando su imagen de aventurera para poder vivir. Regresó por última vez a África cuando la contrató la Fox como asesora para la filmación de una película en Kenia sobre Stanley y Livingstone. Se animó a escribir sus memorias que fueron un rotundo éxito de ventas, cuentos para niños y hasta lanzó una línea de ropa con su nombre.

Los últimos días de su vida fueron sin embargo los más duros, se refugió en el alcohol y se aisló de todos absorta en sus recuerdos. Murió en 1953 a causa de una crisis cardiaca recordando quizá las palabras que un día le susurrara Martin al oído en Paraíso: «Toda nuestra vida ha sido una búsqueda de lo inesperado, de k> desconocido, y sobre todo de la libertad, la búsqueda de este tesoro escondido al pie del arco iris, y poco importa si no lo hemos hallado, buscándolo hemos hecho de nuestra vida la más bella de las aventuras».

Fragmento de Viajeras intrépidas y aventureras, de Cristina Moratón. Un libro totalmente recomendable.

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